Historia

San Fermento (Montevideo 19 de junio de 1764 – Barros Blancos 23 de setiembre de 1850) es un santo de todas las religiones y de ninguna, venerado por todos aquellos que gustan de una buena cerveza artesanal. Su paso por la historia fue borrado de los anales por una conspiración, fue como una especie de mito durante muchos años, venerado en las sombras, hasta que se encontraron las pruebas de su existencia en una excavación.

Fue un personaje histórico nacido en la banda oriental, contemporáneo a José Artigas, a quien conoció de primera mano. Asistieron juntos a la escuela de las primeras letras de los Hermanos Franciscanos, de la que escaparon juntos en 1778.

Nicolás de Vedia, quien fuera compañero de clases de ambos, escribió en sus “Apuntes biográficos sobre don José Artigas”: “…sus padres tenían establecimientos de campaña, y de uno de estos, desapareció a la edad como de 14 años, y ya no paraba en sus estancias, sino una que otra vez, ocultándose a la vista de sus padres”.

San Fermento comprando verduras en la feria, Montevideo, 1783

En ese momento escaparon los dos amigos y se adentraron en lo profundo del monte oriental, y en lo profundo de ellos mismos. Agrega De Vedia, “Jugaba mucho a los naipes, que es una de las propensiones más comunes entre los que llamaremos gauchos, tocaba el acordeón y la guitarra (…)”. San Fermento fue justamente quien presentó al caudillo oriental los placeres de la cerveza, de hecho, Artigas se escapa junto a Fermento, en busca de la mítica ciudad perdida de “La Dorada”, una ciudad exclusivamente de cerveza rubia. Tras no encontrarla comenzó su vida de hombre suelto en la campaña.

Biografía
Fermento nació en las actuales calles Cerrito y Colón, a la vuelta de la casa de los Artigas, por Colón. Fue criado por su tía materna, Mireya, quien lo adoptó tras la muerte de sus padres en dudosas circunstancias. La cerveza rubia cocinada por Fermento, fue bautizada como su tía, la rubia Mireya, no solo por su cabellera, sino porque Mireya en dialecto provenzal occitano, significa maravilla.

La tía Mireya viajó desde Gran Bretaña a hacerse cargo del pequeño huérfano en 1774. En las islas británicas, fue donde aprendió el oficio de cervecera artesanal que luego pasó a Fermento, su único aprendiz.

Se cuenta que fue Mireya quien inventó la célebre cerveza IPA, y no el cervecero londinense George Hodson, con quien tenía una relación sentimental, pero quien le quitó a la postre todo el mérito.

Se cuenta que el primer viaje de una IPA a la India en 1790, zarpó de Inglaterra, cruzó la línea del ecuador y en vez de circunnavegar África, tuvo un fugaz pasaje por el puerto de Montevideo. Allí Hodson mostró su nueva cerveza a su ex pareja, a lo que Mireya contestó, que para cuando ella recibiría el crédito que merecía. La frase que usó fue, “¿Y pa cuándo George?”. Así quedó estampado aquel nombre ¿IPA?. Fermento estuvo allí ese día y nunca olvidó aquella cerveza, como tampoco el desplante de aquel hombre a su tía.

A pesar de que en el siglo XIX la cerveza era una bebida masculina, “…impropia para damas honestas y decentes”, Mireya se convirtió en la primera cervecera de la banda oriental. San Fermento fue quien aprendió de su tía, no solamente a cocinar la cerveza, sino también a cocinar los prejuicios de aquella sociedad patriarcal decimonónica.

Mireya la Bruja
Algunos documentos encontrados recientemente, sostienen que Mireya fue acusada de ser bruja varias veces, en aquel Montevideo pobre y supersticioso. De hecho, el conocimiento de Mireya venía directamente desde la civilización sumeria, 2000 años antes de cristo, en el que las mujeres elaboraban la cerveza en sus hogares. Mireya era una efectivamente una bruja y Fermento, parte de su democrático aquelarre.

Representación de San Fermento basado en relatos históricos, realizado por el Estudio Bruster

Tras su desaparición en 1778 de los lugares que frecuentaba, Fermento salió junto a su entrañable amigo Pepe en busca de “La Dorada”, la ciudad de cerveza. Según la mayoría de los historiadores, los años comprendidos entre 1778 y 1797, representan los años oscuros del prócer oriental. Oscuros en el sentido en el cual no se encuentran los documentos definitivos que nos narren qué sucedió en aquellos años, hasta ahora. La excavación en la Cervecería Central de San Fermento y el hallazgo de una enorme cantidad de documentos, un diario del santo, figurillas, así como de las recetas originales, han llenado los espacios vacíos, en definitiva, han echado luz sobre la oscuridad.

Artigas y Fermento anduvieron durante años en busca de la cerveza perfecta y para ellos necesitaban conseguir cebada. Para eso, organizaban enormes tropas para contrabandear ganado realengo al Brasil. De esta forma, es como Artigas se convirtió en changador, un contrabandista, en definitiva. La palabra bando significaba por aquellos años, como ley o edicto del rey, por tanto, todos aquellos que fueran contra la ley, ejercían contrabando. Ya sea por vender o producir ilegalmente algo. Artigas era contrabandista para conseguir la cebada para la cerveza, y Fermento lo era por producirla ilegalmente.

Tras años de andar por los campos, entre gauchos, indios y negros, ambos tomaron diferentes rumbos. Fermento se convirtió en un evangelizador de la cerveza, una especie de sacerdote del lúpulo, mientras que Artigas al no encontrar La Dorada, se decepcionó y se convirtió en un fiel soldado español, un blandengue, en 1797.

Esto alejó a los fieles amigos, dado que Fermento no aprobaba la conversión de su amigo, de montaraz rebelde en un oficial de la ley que tanto daño les hacía a los criollos. Además, Fermento descubrió en una experiencia religiosa que La Dorada está dentro de cada uno.

Altar a San Fermento, ubicado en los templos dedicados a su devoción (Ciudadela Bar, Maluco, La Peatonal, Gambrino y Abadia)

Experiencia religiosa
La ascensión de Fermento a Santo se dio un caluroso día de noviembre, “por el año de nuestro señor de 1797”, según las fuentes consultadas. Los historiadores creen que una mañana, tras cocinar cerveza, Fermento fue asaltado por una tropa de soldados españoles que lo golpearon casi hasta la muerte. Allí es donde sintió la muerte y resurrección. Las nuevas documentaciones han cambiado la versión. Fermento en realidad, tropezó con la pala con la que estaba revolviendo, cayendo de espaldas y golpeándose la nuca. La cerveza que estaba cocinando cayó sobre su cuerpo inerte y allí comenzó su ascensión. Una especie de bautismo de cerveza. Tras varios días, Fermento despertó con dos certezas, solamente dos. Que La Dorada vive dentro de cada uno de nosotros y que a partir de ese momento se convertiría en un evangelizador de la cerveza. Su misión sería de ahí en más, dejar de lado el egoísmo y democratizar la cerveza artesanal.

Ese día nació San Fermento.
De allí en más, desde 1797 en adelante, San Fermento pasó el resto de sus días evangelizando. Su liturgia era simple, primero exorcizaba a los fieles, aquellos hombres y mujeres desviados del camino. Luego los recibía en la fe cervecera, los bautizaba de una manera simple. Mojaba sus dedos con cerveza recién preparada y dibujaba la hoja de cebada en sus frentes. Luego se bailaban danzas extremadamente sui generis, que unían ritos blancos, indios y negros.

Desde ese año de 1797 y hasta casi 1811 Fermento recorrió los campos orientales, descalzo en muchos casos, en un burro en vez de caballo, en vez de facón, una pala. Era una especie de gaucho santificado del lúpulo. Los documentos hablan de que fue una especie de mito viviente, haciendo milagros, convirtiendo en cerveza el agua. De la misma forma que se recuerdan sus accidentes, como ese día de ascensión.

Mosto hirviendo de San Fermento defendiendo la Ciudadela, 1807

Invasiones inglesas. En 1807 San Fermento volvió a Montevideo, la ciudad que había abandonado de niño. El 16 de enero de 1807 desembarcaron los ingleses en la playa del Buceo y Fermento se encontraba entre los patriotas que defenderían la plaza. Allí se encontró con su viejo amigo Pepe Artigas, convertido ya en un importante blandengue. Montevideo fue atacada entre el 22 de enero y el 5 de febrero. La ciudad se defendió como pudo, los vecinos fueron organizados por Fermento desde los mismos muros de la ciudad. La leyenda cuenta que los vecinos lanzaban aceite hirviendo, al igual que en la vecina Buenos Aires, pero en realidad arrojaban mosto hirviendo que al son de tambores ceremoniales cocinaba Fermento totalmente en éxtasis. Finalmente, los ingleses lograron entrar a la ciudad por una brecha en la muralla. La brecha fue abierta por una explosión de un barril de cerveza, un accidente de Fermento que había olvidado los barriles.

 

San Fermento fue apresado especialmente por las fuerzas de Su Majestad Británica, por no jurar lealtad a los invasores.

El Brigadier General inglés, Samuel Auchmuty tomó el gobierno en sus manos. Podía leerse en los lugares públicos, una proclamación del Comandante en Jefe de las tropas británicas, ahora improvisado gobernador.

1 Por la presente proclamación se ordena y manda, que cada varón vecino de esta ciudad y su vecindario comparezca en la Plaza Mayor, y en presencia de los magistrados y otros oficiales británicos, que serán nombrados para tomar el juramento de sumisión, fidelidad y obediencia a S.M.B. (Su Majestad Británica) y a su Gobierno”. San Fermento no solo no juró, sino que escupió en la proclama. Los ingleses pretendían que Fermento entregara la receta de su cerveza. El santo nunca le daría su receta a la corona británica.

Fue apresado, enviado al Cabo de Buena Esperanza como prisionero inglés, de donde se escapó y logró llegar hasta una tribu cercana. Se embarcó con unos marinos que le prometieron llevarlo a Sudamérica, a cambio de hacerles cerveza para el viaje, pero resultaron ser despiadados piratas. Estos eran los mismos que embaucaron a Ansina y lo tuvieron prisionero a fines del siglo XVIII. Estos bucaneros pretendían robar la receta de San Fermento y venderla a la corona británica.

San Fermento no aceptó la situación, dado que la cerveza no se da a las malas intenciones, ni a la pretensión avara de un imperio. Esa noche Fermento tuvo su segunda experiencia religiosa. Así que decidió escapar en un bote. Una noche sin luna, de madrugada, dejó el barco y a los piratas. No sin antes bautizarlos uno por uno. Fermento rezó por sus almas tomando una IPA, pero era tarde. Un poder superior los estaba castigando por querer lucrar desmedidamente con un conocimiento ancestral. Después de aquel día, se cuenta que aquel barco fue hechizado. Tanto su capitán Willem van der Decken como toda la tripulación siguen su viaje fantasmal eternamente sin tocar puerto jamás, en el Holandés Errante.

San Fermento llegó finalmente a las costas de Brasil, desde donde cruzó a pie hasta la banda oriental, volviendo a su prédica habitual. En cada pueblo los parroquianos lo ayudaron, los chamanes indios lo adoraban, los sacerdotes lo idolatraban, y los Pae de santo seguían su camino.

La revolución. Cuando estalló la revolución oriental en 1811, San Fermento vuelve a relacionarse con su gran amigo, Pepe Artigas. Ambos se encontraron en Colonia a principios de febrero de 1811, mientras Artigas era todavía un fiel soldado español. Se reunieron en las afueras de Colonia, donde Fermento le contó un sueño que había tenido a su viejo amigo. Fermento ya planeaba una revuelta contra el poder español y logró convencer a su amigo. Ese día tomaron la decisión de hacer la revolución juntos. Artigas desertó del cuerpo de veteranos balndengues de la frontera de Montevideo y Fermento partió hacia el arroyo Asencio, donde unos días después, junto a dos de sus fieles, Venancio Benavídez y Pedro Viera, tomaron el pueblo de Villa Soriano.

Estuvo en el Éxodo del pueblo oriental, aunque no aparece en el censo levantado por Artigas, dado que lo pidió específicamente. Fue el historiador Clemente Fregeiro quien bautizó como éxodo a la multitudinaria emigración de los orientales al Ayuí. Ya Francisco Bauzá en 1882 había definido el hecho como un episodio bíblico y Fregeiro lo bautizó en 1883, haciendo una analogía con el éxodo del pueblo judío, como éxodo del pueblo oriental. La analogía que comparaba al río Uruguay con el mar rojo, y al líder con Moisés, pero el líder no era Artigas, sino alguien relacionado con la religión, nada más y nada menos que San Fermento.

En 1815, ya alejado de la revolución, Artigas lo reclama desde Villa Purificación. Detalle aparte. El nombre de la villa artiguista, capital del sistema de los pueblos libres, que los historiadores dudan de su origen, relacionándolo con Fray Benito Monterroso, en realidad fue bautizada por San Fermento. Cuando los artiguistas vencen en la batalla de Guayabos en 1815 y toman la totalidad de la provincia, Artigas se afinca en un pueblo creado de la nada, Purificación. Los historiadores se preguntan por qué Artigas no viaja a Montevideo o escoge otra ciudad para afincarse, y tiene que ver con los bautismos de San Fermento. El santo cervecero bautizó no solo a Artigas sino a la revolución, a través de la creación de este pueblo. Exorcismo y bautismo terminó por purificar la revuelta oriental, así como el agua para hacer la cerveza debe estar totalmente pura.

Ante el llamado del caudillo, Fermento es invitado a viajar junto a Dámaso Antonio Larrañaga de Montevideo a Paysandú. Ese viaje, que fue retratado por el cura patriota en un libro, es la prueba de los celos de algunos frailes hacia San Fermento. El libro de Larrañaga detalla de primera mano todo lo que sucedió en ese viaje, pero no nombra en ningún momento a Fermento ni a la cerveza. De hecho, la palabra vino aparece 10 veces en el texto, mientras que la palabra cerveza brilla por su ausencia. Se cuenta que Larrañaga y Fermento tuvieron largas tertulias sobre alcohol y religión, pero no lograban ponerse de acuerdo.

Tras la derrota artiguista, Fermento se adentró a los campos orientales. En los montes, San Fermento se convirtió en leyenda, un asceta, una especie de anacoreta, un sabio al que recurrían algunos.

De 1820 a 1825 nada se supo con certeza del santo pagano de la cerveza, hasta que estalló la cruzada libertadora. Allí Fermento recobró la esperanza en la libertad y se remangó la túnica para pelear.

Representación de los hermanos Ruiz, 18 de abril de 1825

Los Treinta y tres. Fue parte de los Treinta y Tres Orientales, aunque casi echa a perder la revuelta. Su función era la de, junto a los hermanos Ruiz, tener preparada la caballada para los patriotas cruzados. Pero ellos nunca llegaron. Según las fuentes, la razón es que “…se habían visto “tentados” y la distracción más el abundante beberaje les hizo perder la noción del tiempo”. Estaban efectivamente con San Fermento. Entre bautismo y bautismo, a los Ruiz se le fue la mano con la bebida.

Pero más allá de ese detalle menor, que le ganó la enemistad de Juan Antonio Lavalleja, Fermento formó parte de aquellos hechos que precipitaron la independencia.

Según los documentos, le debemos la independencia justamente a los buenos negocios del santo cervecero. Ante la guerra declarada entre las provincias unidas y el imperio de Brasil, llegó el embajador plenipotenciario inglés Lord John Ponsomby. Sus ideas iniciales para con el territorio oriental eran variadas, entre ellas la entrega de la provincia a las PPUU y el pago de una indemnización al Brasil o la creación de una zona franca de Montevideo. Fue una noche en que Fermento se encontró con el embajador en un bar, lo bautizó y lo convenció de hacer de este pedazo de territorio, un país independiente. Este fue uno de sus más grandes milagros.

Después de aquella noche, Ponsomby envió una misiva al ministro de relaciones exteriores de su majestad británica Lord George Canning tratando de convencerlo, “La Banda Oriental es casi tan grande como Inglaterra, tiene el mejor puerto del Plata, el suelo es particularmente fértil, el clima el mejor. Muchos de sus habitantes tienen grandes posesiones, son tan cultos como cualquier persona de Buenos Aires y muy capaces de construir un gobierno independiente, probablemente tan bien administrado y conducido como cualquiera de los Gobiernos de Sud América. El pueblo es impetuoso y salvaje (…) Parece que el único remedio para los males presentes es colocar una barrera entre las partes contendientes y la idea sugerida en mis instrucciones –independencia parece la más oportuna”. Es clara la mano de San Fermento en estas palabras.

 

Barros blancos. Tras la independencia, San Fermento comenzó a afincarse poco a poco en las afueras de Pando, sitio que muchos años más tarde conoceríamos como Barros Blancos. De hecho, la nomenclatura del lugar nace de la cerveza de San Fermento. Cuando los viajeros pasaban por aquel lugar, decían, “…voy a cruzar los barros blancos”, haciendo clara referencia a la espuma de la cerveza, mezclada con el barro del lugar.

Desde aquel sitio, San Fermento se convirtió en un sabio al que visitaban las personas que pretendían la iluminación. Sus exorcismos, sus bautismos y sus tenidas, se hicieron celebres en aquel Uruguay en construcción.

El 11 de abril de 1831, Fermento sintió un fuerte dolor en el pecho y se desmayó. Sus fieles lo llevaron en andas hasta una choza cercana, en el que moraba un indio chamán, un hombre de medicina. El hombre lo revivió con un potaje a base de cebada. Esa fue la cerveza más fuerte que bebió jamás. Fermento estaba triste, sentía que una parte de él había muerto.

Días después se enteró que, en Salsipuedes, el Estado había asesinado a muchos indios en una celada. Desde ahí, ya nunca pudo perdonar a Rivera por aquella matanza.

En 1839, es que decide escribir su libro sagrado, su biblia cervecera para que su conocimiento pasara de generación en generación. Aquel año Uruguay entraba de lleno a la Guerra Grande (1839-1851), conflicto que sumergió al país en una guerra de la que Fermento no quiso participar.

Tanto Fructuoso Rivera como Manuel Oribe se reunieron en secreto con San Fermento para lograr un acuerdo, pero fue en vano. Ni la buena cerveza pudo salvar al país de la Guerra Grande.

Inclusive en 1839 San Fermento, palpitando el inicio de la guerra, viajó a Durazno a intentar convencer a Rivera de no declarar la guerra. Cuando llegó se abrazó efusivamente con su viejo conocido. Rivera siempre tuvo celos de Fermento, por su cercanía con Artigas, y Fermento por su parte, no le perdonaba lo de Salsipuedes. Pero era demasiado lo que estaba en juego. Fermento organizó una fiesta de disfraces, para esconder por lo menos por un rato, al verdadero Rivera y que no pudiera firmar la declaración de guerra. Bebían cerveza en medio de aquella especie de carnaval veneciano, entre máscaras y disfraces, cuando finalmente encontraron al caudillo. Cuenta el historiador Vivian Trías que, “La declaración fue firmada mientras el caudillo asistía a un baile de máscaras en Durazno disfrazado de moro y con tan incongruente atuendo, ante el asombro de Roger y Lamas suscribió el trascendente documento.” Esa noche San Fermento partió desde Durazno caminando, bautizando y evangelizando, pero jurando ya nunca más meterse en los asuntos terrenales.

San Fermento era un pacifista y no aceptaba aquella guerra entre hermanos.

San Fermento falleció el 23 de setiembre de 1850 en Barros Blancos, sin que nadie lo recuerde, salvo un pequeño grupo de fieles que lo despidió y lo enterró con todas sus pertenencias.

El evangelio según San Fermento
La cerveza para Fermento no era una simple bebida, sino el vehículo de su doctrina, por tanto, su axioma básico era amarla como a ti mismo. Benjamín Franklin escribió que “La cerveza es la prueba de que Dios quiere que seamos felices”. Franklin era parte de la religión fermental.

Honrar a los productores artesanales, será también uno de los mandamientos de Fermento. Aquellos que siguen su legado.

A diferencia de la mayoría de las religiones reveladas, monoteístas en general, Fermento creía en la Policervisiam (muchas cervezas). Mientras más cervezas pruebes, mejor conocerás el mundo. “Nunca rechacemos una cerveza que no conozcamos y tratemos de probar una cerveza nueva cada vez que se presente la ocasión”. El evangelio según San Fermento.

Esta apertura del santo, lo llevaba a aceptar al otro sin preguntarle como cocina su cerveza, sino cuanto amor le pone. “Tomemos lo que más nos guste, pero siempre respetando las elecciones de los demás. Seamos siempre positivos y amigables cuando discutamos sobre cerveza”.

San Fermento rechazaba las modas, sino que llamaba a la libertad de paladar. “Si una cerveza no nos gusta, no está mal, se lo decimos al cervecero únicamente y si nos gusta, al mundo entero”.

Sostenía que tomar solo estaba bien, pero acompañado es mucho mejor. “organizaos y festejad y una buena birra tomad”.

“Y siempre, siempre brindemos al comenzar un nuevo vaso, copa o jarra”

Se dice que la Cervecería Central de San Fermento encontró el libro, no solo con las enseñanzas, sino también con las recetas de San Fermento.

¡Salud!